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LA BODA DE ASUN

 

LA BODA DE ASUN

 

Hace ya un año que llegué a casa cansada como siempre y allí estaba, descansando en el recibidor, el sobre que había llegado por correo. Al abrirlo descubrí una invitación para una boda que se iba a celebrar en Sevilla. Se trataba de mi prima Asun, que, aunque vivía en Vitoria le apetecía casarse en Sevilla, “por aquello del color especial” o qué se yo por cuál de sus locuras se le había ocurrido semejante disparate. Mis hijos no quisieron oír ni hablar del asunto. “Apáñatelas como puedas mamá”, intuí escuchar a través de sus miradas.

Me imaginaba la Plaza de toros de la Maestranza cerca del lugar del enlace, puesto que Asun era muy torera.

La prima Asun siempre fue muy impulsiva y una chica impetuosa, bueno más bien ha sido la oveja negra de la familia y además no ha sabido nunca vivir sola. Menuda, morena, risueña, a sus cincuenta años, uno más que yo, la volvía a liar. Su pasado hippy formando parte de una comuna en la isla de Ibiza fue muy criticado a finales de los años setenta. Divorciada de su tercer marido cuyo matrimonio tan solo duró tres meses —boda muy criticada por la familia y a la que ni siquiera fui invitada — volvía a hacerlo y esta vez en Sevilla y deseó no sé por qué razón que la acompañara, ¿y por qué yo —me pregunté,  si apenas habíamos mantenido contacto y además no tenía  ganas de ir. Pensé sin embargo que alguna sorpresa de las suyas nos tenía preparada. Seguro que se casaría otra vez con el primero que se le hubiera cruzado en su camino, un camino lleno de locuras y excesos, de noches de juerga y de alcohol barato. A saber, quién era él, pensé, posiblemente un lunático artista que se inspiraba en la noche bajo el influjo de sustancias y alcohol.

La nota pegada a la tarjeta de boda, lo decía bien claro:

“Querida prima: Me gustaría que me acompañaras en mi nueva boda, esta vez he encontrado a la pareja perfecta y estoy loca de amor. Te espero. Un abrazo”. Y en la tarjeta lo ponía claro, Asunción y Marinne le invitan….

Y el regalo me pregunté, ¿qué podría regalarle que le hiciera ilusión?, pensándolo mejor, qué me importaba el regalo si no quería ir. No quería ver ver cómo de nuevo intentaba ser feliz, no quería ser partícipe de su alegría, no estaba bien seguirla en sus locuras, me debía a mis ideales que eran la rectitud y la honorabilidad familiar. Y porque me avergüenzo de sus locuras y no quería pasar por ningún momento incómodo.

Esa noche sonó el teléfono.

—Hola prima, te recuerdo que me caso y quiero que vengas, por favor haz lo posible. No sé si podré Asun, le contesté, estoy hasta arriba de trabajo en el despacho estos días.

Ante su insistencia le prometí hacer lo posible por acompañarla—Pero, ¡qué cobarde fui! No fui capaz de decirle la verdad, que no quería ir, que me da envidia su alegría, y que no quería que nadie me preguntara sobre mi vida austera y solitaria.

Ya en el tren y con una Thermomix como regalo me pregunté por qué estaba de camino a Sevilla.

Antes de llegar, mi prima me había llamado por teléfono histérica puesto que había perdido el tren, cosa normal en ella por otra parte, así que llegaría al día siguiente por la mañana.

Y llegó el momento. Al novio nadie parecía conocerlo. Solo se sabía de él que era arquitecto, —para mi sorpresa— que tenía la misma edad de Asun, unos cincuenta años, y que vendría directamente desde Londres a la ceremonia.

La novia que tenía que aparecer del brazo de su padrino, su hermano Javier, se hizo de rogar. A las seis y cuarto y en el centro de la carpa donde se iba a celebrar el enlace solo estaba la madrina hablando con una atractiva invitada, pero ¿y el novio?, ¿dónde se había metido?

De repente se oyó sonar la música a la que acompañaba un coro rociero que cantaba el Ave María de Hendel. Todo el mundo se levantó de sus asientos para girar la cabeza y ver a la novia. Estaba resplandeciente, se notaba que era feliz y hasta yo, que no me emociono fácilmente, eché unas lágrimas.

Entró del brazo de su hermano Javier, segura, sonriendo y con un brillo especial en esos ojos rasgados tan admirados, pero, ¿y el novio? Qué raro me parecía todo.

Cuando llegó la novia al centro donde esperaba el Juez y para sorpresa de todos, Asun y la atractiva invitada que había visto conversando animadamente con la madrina se cogieron de la mano sin dejar de mirarse a los ojos, y se sentaron una junto a la otra. Y la ceremonia comenzó entre los murmullos de los asistentes. Casi al final de la misma alguien irrumpió en la carpa y se acercó hasta tener la certeza de que Marinne, pudiera verla. Al hacerlo, Marinne se estremeció.

No supe que pasó en aquel momento, todo me parece confuso al recordarlo. Reconocí la tristeza en el rostro de Asun y ante el estupor de todos los que estábamos allí, la boda fue cancelada.

Asun salió corriendo y yo, no sé por qué, la seguí hasta una habitación cercana donde la encontré llorando y temblando.

—Pero Asun, ¿qué ha pasado? Marinne no me quiere. La chica que apareció era su antigua novia y tan solo la he mirado para comprender lo que sentía todavía por ella. Me ha dejado, —gritó entre sollozos. Dice que nunca me olvidará, pero yo sé que pronto lo hará. ¡Qué tonta he sido!

—Pero Asun, seguro que ha sido un impulso momentáneo al ver a su ex, y ahora estará arrepentida, seguro, ¿por qué no hablas con ella y lo arregláis?, nos espera el banquete, el baile, la fiesta.

Me miró y en ese momento al percibir su mirada la abracé y lloramos las dos.

Se resolvió el secreto a la vez que llegó la desesperación y la nostalgia a la vida de Asun y yo fui participe de una desoladora situación que me llevó a comportarme como una verdadera amiga para ella. La acompañé, le di mi cariño y por fin conoció mis traumas infantiles. Aquella situación había servido para unirnos por fin y despojarme de tanta honorabilidad familiar.

Hoy, después de un año de aquella odisea, Asun ha vuelto a Alicante, junto a su familia. Ella está segura que enamorarse de Marinne le sirvió para encontrar su verdadero camino y comprender por qué había fracasado una y otra vez en sus matrimonios. Hoy es una nueva mujer, segura de lo que quiere, tan solo necesita tiempo para sanar su corazón y permitirse volver a empezar.

Y yo he comprendido que toda mi vida la he vivido al revés… pensando siempre en hacer lo correcto que no era otra cosa que agradar a los demás, sin pensar en lo que realmente a mí me hacía feliz. Así que Asun, la oveja negra, me ha dado una lección que nunca olvidaré…