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EL ESCRITOR

EL ESCRITOR

Aquel intenso olor que se filtraba por las rendijas de su puerta puso en alerta a Madame Catherine, la dueña de aquella mísera pensión, que aunque bien situada en la avenida más hermosa de París, la Av. des Champs Elysées, no dejaba de ser paso de artistas fracasados, emigrantes o señoras de mal vivir. El paso de los días era dramático; después de la Primera Guerra Mundial escaseaba casi todo, dando lugar a una postguerra hambrienta y enferma.

Madame Catherine, hacía tiempo que no se cruzaba por las escaleras con el escritor.

Seguro que algún perro callejero se le ha muerto en su habitación, –pensó Madame Catherine con el semblante malhumorado.

Madame Catherine, sabía que en aquellos días abundaban los animales abandonados a su suerte, sin más comida que la caridad ajena y seguía dándole vueltas a la posibilidad de echarle de la pensión, muy a su pesar, porque el ingreso de los francos que cada semana el escritor le pagaba le venían muy bien para mantener aquella pequeña pensión y porque realmente tampoco le daba mucho trabajo, pero el escritor seguía en su empeño de recoger y salvar aquellos animales;

Que a saber las enfermedades que les podían contagiar, —pensó Madame Catherine.

Madame Catherine empujó la puerta con fuerza, la llave maestra fallaba muchas veces y había que darle un gran impulso. Al abrirla tuvo que tapar la boca y nariz con su delantal.

¿Dónde estará el perro?, —masculló de nuevo Madame Catherine.

Lo que encontraron en lugar del perro fue el cuerpo a medio descomponer del escritor. Un hombre joven, de alrededor unos treinta y cinco años yacía sin vida y con los ojos abiertos en el suelo.

El Jefe de la Prefectura, Monsieur Lemaslé no tenía dudas, estaba claro que se había suicidado o había muerto de muerte natural. Sin embargo su ayudante Maurice Kouachi tenía claro que había sido un asesinato y discutió con el Jefe Lemaslé. Este último aseguraba una muerte natural o suicidio porque aparentemente parecía que el Jefe tenía prisa por llegar a su visita diaria a casa de Madame Pompaduor en el Moline Rouge. Y en su afán de terminar el asunto, trataba de imponer su criterio a sus ayudantes. Lemaslé a punto de jubilarse solo pensaba en llegar lo antes posible a su visita diaria a casa de su amada, ¡a sus años! Pensaban en la Prefectura.

El forense apareció pasadas siete horas desde que se reclamaron sus servicios, tiempo más que suficiente para haber borrado cualquier huella o indicio, y según el Informe que emitió aseguró que fue una muerte natural.

El ayudante Kouachi pensaba que Lemaslé intentaba convencerles de que fue un infarto. El corazón se le paró, sin más. Qué fácil resultaba a los ojos del ayudante pero ni el Jefe Lemaslé ni el forense lograron convencerle de su teoría del asesinato.

El ayudante del Jefe de la Policía, Maurice Kouachi, descendiente de emigrantes argelinos y en su afán de esclarecer el, según él, un crimen, inició las pesquisas por su cuenta, y se dirigió en primer lugar a la pensión. Madame Catherine ya había sido interrogada por el Jefe Lemaslé, pero éste no había sacado ninguna pista. Seguro que podría aportarle más datos de los que había dado en un primer momento. Pensaba reconstruir en lo posible los últimos días del escritor asesinado.

¡Buenos días, Madame Catherine!

¡Qué sorpresa Monsieur Kouachi! ¿Qué le trae por aquí?

¿Le puedo ayudar en algo Monsieur Kouachi?

Sería un placer charlar con Ud. en privado Madame. Es Ud. una Madame tan especial que para mí sería un honor.

Madame Catherine se ruborizó, y Monsieur Kouachi lo percibió esbozando una gran sonrisa. —Ya tenía el camino libre, pensó Kouachi.

¿Le apetece tomar un té Monsieur Kouachi?

Muchas gracias, con mucho gusto, siempre que Ud. se sirva otro, —contestó Kouachi.

¿Recuerda alguna cosa en especial que quiera recordar Madame? Bueno, ya le he contado al Jefe de la policía todo lo que recordaba del escritor, pero seguimos sin creerlo. Todos estamos compungidos. No parecía enfermo, gozaba de buena salud y su aspecto lo confirmaba, y además en los últimos días estaba más alegre que de costumbre. Llegamos a pensar que por fin le iban a editar su libro. Sin embargo, Dios ha querido tenerlo en su seno y solo nos queda rezar.

¿Su libro? Sí, estaba escribiendo una gran historia, la de un hijo que pierde a su madre y treinta años después la encuentra. Una historia muy triste pero con final feliz, según nos contaba.

¿Y el libro donde está, se lo llevó la Policia?, —preguntó Koauchi.

El ayudante Kouachi no recordaba haberlo leído en el Informe ni visto entre sus enseres.

No, porque el libro no estaba en su habitación. Nadie sabe qué fue de él. Pensamos lo llevó a alguna editorial y allí se quedó, aunque era extraño, porque lo tuvo siempre a buen recaudo, —comentó Madame Katherine.

Koauchi inspeccionó de nuevo la habitación del escritor en su afán de encontrar alguna pista que le llevara a descubrir por qué y por quien había sido asesinado aquel joven escritor.

Poco se sabía de su vida privada del escritor, cada noche después de cenar se marchaba. A su regreso, ya entrada la noche cerrada, se le oía teclear la máquina hasta el amanecer, levantándose a mediodía.

Empujó con fuerza la puerta, el olor a muerto impregnaba la estancia, y Kouachi se dispuso a husmear entre las pertenencias del escritor. Todo estaba en orden dentro del caos. La ropa colgada en su armario. La ropa de la cama en el suelo, el colchón levantado, papeles por el suelo… Nada fuera de lo habitual.

De pronto, algo brillaba en el suelo debajo de la cama y a Kouachi le llamó la atención. Lo recogió con un guante y lo guardó en una bolsa de plástico, se trataba de una caja de cerillas. Lo llevó a la Jefatura, sin comunicarlo al Jefe, para investigar la huella por si aparecía alguna que no fuera del escritor. Con las últimas novedades en dactilografía artificial, quizá pudiera encontrar alguna pista fiable.

No hubo nada más que le llamó la atención.

Muchas gracias Madame por su amabilidad. Si recordara alguna cosa más de este lamentable suceso, llámeme a este teléfono por favor. Cualquier cosa, aunque a Ud. no le parezca importante.

¿Desde luego Monsieur Kouachi!, —respondió Cattherine.

Cuando Koauchi llegó a la Jefatura, sacó la caja de cerillas cuyas letras borrosas no lograba leer. Ayudado por una lupa pudo leer parte de una palabra: Mou… solo Mou. El resto aparecía como un borrón negro, como si a propósito hubieran querido borrarlo. Era poca cosa, pero por algo se empieza. No se apreciaban más huellas que las del escritor.

No tenía nada, solo unas cerillas con parte de una palabra.

Al cabo de dos días, Madame Catherine, la dueña de la pensión le llamó por teléfono. Preguntó a Koauchi el porqué de tanto revuelo pues el Jefe de la Policía le había ordenado no limpiar la habitación hasta nueva orden. Kouachi la tranquilizó, era el trámite habitual. Y además, le comentó que el Jefe la visitaba de vez en cuando como si buscara algo.

Eso le extrañó a Kouachi.

¿Por qué? ¿Qué buscaba, si para él el asunto estaba claro?, —se preguntó Kouachi.

Kouachi decidió seguir los pasos del Jefe en los días siguientes, algo había descubierto y no pensaba compartirlo, —pensó.

Nada extraño en su comportamiento. La Jefatura y sus visitas a Madame Pompadour ocupaban casi todo su tiempo. Una tarde le siguió hasta el cabaret. Entró y pidió una cerveza, y aunque estaba de servicio y no podía beber, tampoco debía levantar sospechas.

Después de ver el espectáculo sacó un cigarrillo y lo llevó a la boca. Se acercó a la camarera en busca de fuego. La joven, sacó una cajita de cerillas y le prendió el cigarrillo con una sonrisa. A Kouachi le llamó la atención el brillo de aquella cajita e inmediatamente le recordó la del escritor. Le rogó a la camarera si se la podía regalar puesto que no llevaba y no quería molestarle de nuevo. La camarera accedió sonriente.

La cajita de cerillas encontrada en la habitación del escritor era… ¡de Mouline Rouge! Y Kouachi no lograba entender nada.

Preguntó a las camareras por la visita de un apuesto joven cuya descripción les detalló. Varias de las camareras lo recordaban. Una de ellas contó que nunca quería alternar. Solo quería mirar y preguntar por la Madame. Les contó a todas que era escritor y que estaba escribiendo un libro sobre la vida de un cabaret. Era tan apuesto y amable que cada noche las camareras respondían a sus preguntas con mucho gusto. Preguntaba por Madame, siempre por ella, como era su vida, si tenía familia, marido, hijos. Desde cuando era la dueña del Mouline… Cuál era su origen….

Madame Pompadour era la dueña del Mouline Rouge y no era extraño que un escritor quisiera contar la historia de una madame como aquella. Sin duda su vida fue dura y dedicarse al cabaret era una forma de sobrevivir.

Qué raro pensó Kouachi. ¿Qué interés podía tener el joven escritor en la Madame?

Esa noche Kouachi no pudo dormir. No encontraba forma de encajar el puzle. Por una parte Madame Pompadour, por otra el Jefe de la Policía y por último, el muerto.

Se levantó temprano y voló a la Jefatura para volver a revisar el Informe y los enseres del escritor en busca de alguna pista. Seguro que se le había pasado algo por alto y estaba delante de sus narices y no lograba verlo.

Solo dos policías somnolientos deambulaban por las dependencias policiales. Se fue directo al despacho de Lemaslé, allí recordaba haber visto por última vez el expediente. No lo encontraba, los cajones permanecían cerrados pero encontró la llave pronto. Todo el mundo conocía sus costumbres y buscando en los cajones, encontró el expediente y algo más… El Libro…

Los ojos del ayudante emprendieron el camino. Con cada página se sorprendía más. Al final sus ojos derramaron dos lágrimas que fueron a caer en el lomo de aquel libro.

¡Pobre chico!, —pensó.

Se puso en pie de un salto. El asunto era grave y debía estar preparado. Se llevó el libro, era la prueba. Al salir, tropezó con el Jefe que entraba como una furia al saber que estaba husmeando en su despacho.

¿Qué haces aquí?

Nada, buscar unos papeles pero no los he encontrado. Tengo que salir, han llamado que tenemos un robo cercano.

Le tendré informado Jefe, —comentó el ayudante.

Se dirigió con pasos firmes al Mouline Rouge y preguntó por la Madame. El portero del Mouline le informó que Madame se levantaba entre las dos y las tres de la tarde y no se le podía molestar. El ayudante urgió verla pues se trataba de un tema urgente, se trataba de, ¡su hijo! El portero llamó a su doncella quien se apresuró en comunicar a la Madame aquella visita inesperada y el mensaje. A los cinco minutos apareció Madame con un gesto de sorpresa, indignación e incredulidad.

Perdone esta visita a estas horas Madame pero necesito hablar con Ud. urgente y en privado. —Le dijo el ayudante.

Madame lo llevó a su despacho.

Dígame que es eso tan urgente y de mi hijo. Todo el mundo sabe que no he tenido hijos.

Es Ud una mujer rica Madame, ¿verdad? —preguntó el ayudante.

Bueno, pronto podré jubilarme y podré pasar el resto de mi vida sin preocupaciones económicas, —contestó Madame Pompadour.

El ayudante le acercó el libro a las manos de Madame, explicándole que aquel libro contaba la vida de ella escrita por un joven escritor que la visitaba en secreto cada noche. Cuenta el joven que fue abandonado cuando cumplió los cuatro años y que lo crió una tía. También cuenta que decidió venir a París desde Marsella hace unos años para escribir e investigar sobre la vida de su madre de la que tan solo sabía su apellido: … Pompadour.

En ese momento Madame se derrumbó.

¡No puede ser! Volví a buscarlo y me dijeron que había muerto, —comentó entre sollozos.

Lo siento Madame, su hijo fue encontrado muerto y estoy seguro que no se suicidó como intentan hacer creer algunas autoridades. Este libro desapareció de su habitación y fue encontrado en el despacho del Jefe de la Policía Monsieur Lemaslé.

¿Cómo dice? Monsieur Lemaslé y yo vamos a emprender una nueva vida el uno al lado del otro ¿Cómo es posible?

Monsieur Lemaslé fue detenido, acusado y condenado por el asesinato del joven escritor en su ambición por ser la única familia de la Madame.

El ayudante fue ascendido a Jefe de la Prefectura.

Y Madame Pompadour, su madre, llora la muerte del joven, pero al final, Joseph Pompadour había logrado su sueño, escribir un libro y encontrar a su madre.