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EL SUEÑO

EL SUEÑO
La contestación a aquel mensaje nunca llegó. José Luis callaba y su silencio gritaba palabras sordas mientras Adriana se ahogaba. Adriana no entendía aquello. Tanta ilusión compartida, tantos sueños rotos en un segundo, tanto amor entregado y solo le quedaba el silencio y el corazón abandonado. Y mientras caminaba por la calle sin rumbo, un sueño se asomó a una esquina. Cuando el sueño la vio, salió corriendo. Adriana apresuró el paso hasta llegar a su altura para preguntarle:

–¿Por qué huyes de mí, sueño?

–No puedes soñar conmigo, Adriana, –le dijo el sueño.

–¿Por qué no quieres ser mi sueño?

–No puedo ser tu sueño porque tú no eres una soñadora de sueños, solo eres una pensadora de ideas.

–Pero las ideas son sueños, –contestó Adriana.

–Las ideas se convierten en historias. Los sueños no, –repitió el sueño.

Sin sueños para soñar, Adriana optó por recordar su historia y soñar sin sueños ni esperanzas.

Había amanecido un caluroso día de invierno, la Navidad estaba cercana y Adriana preparaba con ilusión la casa para compartir con su familia los días venideros.
Llegó hasta un centro comercial de las afueras de la ciudad donde se sorprendió al ver a un hombre, con aspecto contrariado, que deambulaba por aquellos anchos pasillos mirando a través de los cristales de los escaparates en busca de algo que parecía no encontraba, y la encontró a ella.
Al poco rato ambos estaban saboreando la nata de un sabroso café y hablando sin parar. Él se llamaba José Luis y era americano, de origen español.
Ni se dieron cuenta del tiempo, solo charlaban, reían, se miraban y volvían a reír.
Después de este primer encuentro hubieron muchos más donde compartieron risas, abrazos, besos, y futuro. José Luis no perdió el tiempo, la llevó de aquí para allá para presentar a sus amigos con orgullo.
No faltó el amigo camarero que la miraba sonriente con ojos de gato, al igual que el vendedor de pollos argentino, sin olvidarnos de las visitas impertinentes de inspección que en cualquier sitio recibían de José, un amigo jubilado de José Luis que no tenía nada más que hacer que buscar a sus amigos para cotillear, pero Adriana no tenía problemas en hablar con todo el mundo con desparpajo.
Pasó la Navidad compartida en familia y Adriana descubrió a un hombre bueno y generoso y pensó:

–¡Por fin! ¡Es él, ha aparecido!

Poco tiempo después José Luis desapareció, como lo habían hecho otros anteriormente, sin dar explicaciones, sin decir adiós, sin más. No contestó al teléfono ni a los mensajes, y Adriana dejó de comer, de dormir, y de soñar. José Luis, el hombre generoso se había convertido en el hombre que ahorraba amor.

Ya habían pasado unos meses cuando sonó el teléfono de Adriana, no conocía el número pero lo cogió, era Martin, un hijo de José Luis quien le contó que el día diez de enero, el mismo día de su desaparición, su padre había sufrido un accidente y estaba hospitalizado con un gran golpe en la cabeza que le impedía recordar. Él había venido de Estados Unidos al no localizar a su padre y la llamó al comprobar a través de los mensajes del teléfono su interés por él.
Adriana no supo qué decir. Corrió a visitarlo y comprobó que al verla, José Luis le cogió la mano, la miró a los ojos y una amplia sonrisa inundó su cara. A partir de ahí Adriana supo que el sueño volvería en cualquier momento a aquella esquina, esta vez para quedarse y soñar con ella y llevarla por todos los caminos que trazan los sueños cuando sueñan.