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G A L A

GALA

Cuantos recuerdos llegan a mi mente. Cuanto tiempo compartido con ellos. La verdad es que allá abajo no se estaba mal. Me querían mucho. Al final, me interpuse entre los dos y me tuve que marchar, pero muy orgullosa por el resultado, desde aquí ya no sufro, estoy tranquila. Era su fiel compañera de cuatro patas. A ellos lo sigo viendo, los oigo y los acompaño y eso pienso hacer siempre.

El primer día que llegué a aquella casa estaba muy asustada y enferma. Tan solo tenía 3 meses. Los niños de la casa me zarandeaban entre risas y alborotos de un lado a otro, me trataban como a un bebé, como así lo entendí más tarde. Un baño de gel de primavera, el secado con una suave toalla que desprendía aquel olor que me volvía loca y el ruido de aquel aparato que escupía aire caliente sobre mi pelo mojado que me hacía temblar de miedo fue el principio de mi nueva vida a su lado, lejos de aquellos seres que tan mal me habían tratado separándome de mi madre quien ya no podría amamantarme, y sin esperar al destete sustituyeron su calor por los biberones de leche de vaca. Poco tiempo después me llevaron al veterinario, no entendía por qué aquel señor de bata verde con antifaz me producía tanto dolor. Un metal fino atravesó mi piel y un reguero de sangre salió disparado al moverme. Eran unos análisis decían. Tengo que reconocer que ese día fue traumático.

Crecí entre juegos de niños, cariño de adultos y temblores ante la puerta del veterinario. Todo me gustaba, creía que grandes cosas sucedían a mi alrededor porque yo era el motor de las risas de los míos, pero eran fantasías de la niñez. Cuando paseaba por la calle con alguno de los míos, veía a mis semejantes perrunos como seres extraños. Algunos de ellos me negaban el saludo, otros, los más jóvenes, nunca me lo negaron y aunque no mantenía relación estrecha con ninguno de ellos, seguía perteneciendo a la especie. Oía muchos cuentos de perros, algunos contaban que vivían en manadas o solitarios por las calles comiendo de las basuras o de robar algún que otro trozo de pan. Muchos de ellos caían enfermos y morían. Otros, los que tenían más suerte eran recogidos por alguna asociación y enviados a un albergue donde los cuidaban quedando a la espera de ser adoptados. Yo sin embargo estaba a salvo con mi familia.

Pasaba tiempo sola pero no me importaba demasiado, así que cuando alguno de los míos entraba en el portal ya lo podía oler y comenzaban mis carreras por el pasillo de un lado a otro o mis giros en círculos, esperando a que entraran. No podía controlar mi alegría por verles. Eran más importantes que yo misma. Al final del día nos reuníamos todos a jugar después del paseo diario. Tenía que cuidarlos, ese era mi trabajo y para eso danzaba por la casa detrás de ellos, día y noche, aunque tuviera que oír constantemente, ¡Gala, apártate de en medio que te voy a pisar! ¡Gala, me vas a hacer caer! ¡Gala, ¿es que no me entiendes?, que te apartes ya!

La dueña de la casa, a quien yo más quería estaba triste casi siempre. Solo sonreía cuando entraba y me acariciaba o cuando compartía con los pequeños de la casa. A veces la notaba nerviosa e intranquila y siempre coincidía con la vuelta a casa del papá de los niños. El papá algunas noches no volvía a casa a dormir o lo hacía muy tarde.

Creo que maduré sin perder esa cualidad infantil pues mi comportamiento siempre fue el mismo ante los míos.

Con el paso del tiempo mi vigilancia se agudizó y llegué a comprender el significado de sus gestos, sus movimientos, sus palabras… y me convertí, también en baluarte del silencio.

Hasta que llegó el día señalado. Aunque ya tenía catorce años me sentía muy bien. Corría y saltaba todavía con agilidad y aunque tenía un poco de artrosis en mis patas traseras debido a mi raza, pastor alemán, solo lo notaba al bajar o subir escaleras. Estaba llena de vitalidad.

Mi dueña andaba intranquila por las estancias. Yo no dudaba en seguirla a todas partes. Olisqueé la llegada del dueño, entró con un brillo en los ojos que ya era característico y habitual en su semblante. Mi alegría por su llegada se notaba en los movimientos de mi cola, aunque se palpaba la tensión.

Presiento el peligro, lo huelo. El corazón de mi dueña está acelerado. Lo compruebo cuando me acaricia y le ladro intentando hablarle para tranquilizarla. De repente noto un movimiento brusco a mi espalda. Me giro y veo una mano levantada. Sin pensarlo me lanzo contra ella y logro asirla en el aire, tumbando a su dueño, al suelo. Es él, al que le brillan los ojos, pero lo suelto ante las palabras tranquilizadoras de mi dueña.

Al rato, ella, los niños y yo salimos de la casa siguiendo las órdenes de mi dueña. Ella solo nos grita que corramos.

Correr, correr, y no mirar atrás…—.

No entiendo por qué corremos tanto hasta que giro la cabeza al grito de los niños y lo veo a él, mi dueño, persiguiéndonos y gritando que nos detengamos. Entonces aceleramos la marcha. Obedezco a mi dueña, tengo que cuidarla a ella y a los niños. Mientras corremos debemos cruzar una carretera. El ruido de un motor de coche me pone en alerta. Todos corremos y el coche nos alcanza pero he tenido tiempo de empujar a mi dueña al suelo mientras los niños que iban más adelante salen ilesos. No me puedo levantar. Mi dueña llora y me coge en brazos pero todavía con fuerzas para salir corriendo. El conductor del coche ha parado y está gritando las mismas palabras una y otra vez.

¡Está Ud. loca! ¡Loca de remate—¡

Estamos llegando y por fin entramos en un portal donde nos esperan los niños. Todos me abrazan, abro los ojos y los cierro para siempre. Ahora ya no siento dolor. Mi cuerpo no me pesa y los puedo ver como dan rienda suelta a su emoción.

Alguien baja las escaleras, es el abuelo de los niños, quien los mira a los ojos y a mi cuerpo inerte, los abraza y exclama:

—¡Por fin…! —Y también llora…