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LA CICUTA

LA CICUTA

—No es justo, no sé qué hago aquí encerrado en esta celda oscura y húmeda de la prisión de Soto del Real en Madrid y acusado de la muerte de mi madre por envenenamiento. Pero, ¿cómo podría haber envenenado a mi madre si toda mi vida he estado cuidándola? ¿Y con qué se envenenan a las madres?, —pensó Mauricio.

—Mi mayor preocupación ha sido siempre ella, cuidarla, hacerla feliz, y ahora al final aunque su enfermedad estaba más desarrollada, aquella maldita esclerosis múltiple me la estaba quitando día a día. Empezaron los hormigueos en las extremidades y en pocos meses no se podía levantar de la silla de ruedas, pero me resistía a que se fuera. Todavía le quedaba mucha vida para acompañarme. !Era mi vida! –pensó Mauricio entre sollozos.

—Y encima no me dejan asistir a su entierro, ni acompañarla, velarla, llorarle, despedirme de ella, decirle que siempre la querré y que ha sido la mujer de mi vida. ¿Y qué pensarán los vecinos al no verme en el cementerio? Seguro que no creerán esta acusación, ellos me conocen y saben que no sería capaz –seguía pensando Mauricio.

Entre sollozo y sollozo, Mauricio repasó su vida, sus pasos en los últimos días, incluso en los últimos meses para intentar encontrar la luz que le diera alguna pista sobre los acontecimientos y le permitiera descubrir al asesino.

Mauricio nunca imaginó que los acontecimientos se pudieran precipitar de la forma que lo hicieron.

En el paro desde hacia años, soltero e hijo único, y una vez agotadas las prestaciones por desempleo, vivía con su madre enferma a quien cuidaba con esmero. Ambos se llevaban muy bien, y con la pensión de viudedad de Margarita, su madre, aunque con alguna estrechez, lograban llegar a fin de mes.

Los últimos días en la vida de su madre, habían transcurrido como casi siempre. Asear a su madre, darle el desayuno y salir a la compra diaria del supermercado. A su regreso a veces pasaba por la biblioteca, echaba un vistazo a los libros y leía algún párrafo de alguno que le llamase la atención. ¡Habían tantos! Volvía a casa y preparaba la comida, la casa, charlaba con su madre, la llevaba de paseo, le leía un libro y por la tarde se acercaba de nuevo a la biblioteca, pero antes, visitaba a su amigo Pedro, que tenía un puesto de bisutería en la plaza de su barrio, Vallecas. Charlaba animadamente con él hasta que de nuevo visitaba la biblioteca para acariciar los lomos de aquellas viejas historias al pasar. En su paseo por ella, abría algún libro, lo hojeaba y al hacerlo soñaba. Era la magia de los libros . Ese era su día, casi un calco de los demás.

La bibliotecaria Fernanda, aunque una mujer muy extraña, —pensaba Mauricio— era una enamorada de los clásicos como Sócrates o Séneca y siempre hablaba de sus mentes brillantes y de la envidia que provocaron alrededor en su época. Aun así, parecía una buena persona. Pre-jubilada como enfermera, y voluntaria de Cruz Roja se dedicaba algunas horas del día a visitar enfermos, entre ellos su madre a quien apreciaba —seguía absorto en sus pensamientos Mauricio—.

Se oyen pasos y Mauricio se pone a temblar. Oye como uno de los carceleros mete la llave en la cerradura de su puerta, la gira tres veces hasta que la abre después de un empujón. Se oye un grito:

—¡Mauricio!, alguien ha venido a verte y quiere hablar contigo, ¡acompáñame!.

Mauricio se levantó de un salto y acudió a la puerta. Seguro que es para comunicarle que han descubierto al asesino y que lo van a poner en libertad, pero, ¿quien habrá sido el asesino? —pensó Mauricio mientras se dirigía al cuarto de visitas.

Al entrar le mandaron sentarse en una silla frente a un espejo. Quien allí se encontraba era un policía, pero por su semblante nada hacía presagiar que Mauricio estaba en lo cierto.

De nuevo el interrogatorio con aquella cegadora luz sobre sus ojos que le hacían parpadear con frecuencia. Tiene que volver a escuchar las mismas preguntas una y otra vez, aunque el tono que emplean es cada vez más agresivo.

—Le noto muy cansado, así que confiese por fin y acabemos de una vez, si nos dice la verdad, dormirá Ud en otra cama más cómoda y cenará caliente, —inquirió el policía.

—Sí, estoy muy cansado, pero ya le he contado todo lo que sé. Están desperdiciando su tiempo conmigo en vez de buscar al asesino —contestó el detenido.

La policía dio nuevamente por terminado el interrogatorio. Ya se cansaría, así eran todos los interrogatorios.

—Los asesinos creían podían soportarlo pero al final todos terminaban cantando. Solo les faltaba un poco más de paciencia y un poco más de soledad en aquella celda, –pensaba el policía.

Aun así, la policía siguió sus pesquisas recorriendo el barrio y hablando con los vecinos y visitando los lugares que frecuentaba Mauricio, como el

mercado, el puesto de bisutería de su amigo Pedro, y la biblioteca que tanto le gustaba.

Pedro reconoció ante la Policía que conocía a Mauricio pues le visitaba a menudo y aseguró que era muy buena persona, incapaz de cometer el asesinato de su madre a quien tanto cuidaba y quería. Y estaba seguro, porque lo conocía bien, pues estaba enamorado de él y era correspondido. Ambos lo mantenían en secreto hasta que Pedro se divorciara de Fernanda, la bibliotecaria, con quien estaba casado y con quien se sentía muy desgraciado.

Los dos policías que andaban metidos en el caso, se miraron a los ojos.

—Creo que tendremos que visitar a la bibliotecaria, ¿no te parece compañero?, —dijo uno de ellos. El compañero sonrió asintiendo.

Primeramente dieron orden al departamento de investigaciones para que buscaran cualquier información de la bibliotecaria. Al cabo de un rato recibieron un comunicado. Tenían valiosa información sobre ella.

La bibliotecaria, ex-enfermera del Hospital Universitario Puerta de Hierro de Madrid, había sido expedientada por ciertas irregularidades en la administración de algunos fármacos a enfermos terminales o ancianos, aunque todo fueron suposiciones ya que al final no pudieron probar nada, solo hubieron indicios sin más.

Así las cosas, y para callar ciertas bocas, la dirección del hospital negoció con la ahora ex-enfermera, una pre-jubilación digna y se marchó. Ahora se dedicaba a colaborar en la biblioteca del barrio y a visitar como voluntaria de Cruz Roja, ancianos o enfermos terminales, administrándoles a veces la medicación. La madre de Mauricio era una de las enfermas que visitaba.

Empujaron la puerta con fuerza. En el cristal vieron reflejados sus rostros. Al entrar, les recibió ella misma, una mujer alta y morena de mediana edad pero con una mirada negra llena de secretos.

Fernanda, la bibliotecaria, no paraba de hablar. Quería denunciar la desaparición de un libro muy antiguo y querido por ella que trataba sobre plantas venenosas.

—¿Cuando desapareció el libro señora?, —preguntó uno de los policías.

—Pues hace ya algún tiempo, quizá un par de meses. No lo había denunciado antes hasta agotar cualquier otra posibilidad, pero lo he buscado por todas partes y no tengo dudas, lo han robado, —respondió Fernanda.

Preguntada por Mauricio, contestó con semblante compungido que era un hombre extraño que visitaba con frecuencia la biblioteca, aunque nunca compraba nada y apenas hablaba.

—Visitaba a su madre enferma, aunque no parecía que fuera a morirse tan pronto. Se la notaba contenta casi siempre. —terció .

Mientras charlaban con la bibliotecaria, los policías recibieron otro comunicado con el resultado del la autopsia de Margarita, la difunta. Había sido envenenada con Cicuta, una hierba de olor fétido que crece sola en terrenos no cultivados, incluso crecía en parques donde eran frecuentados por niños. Las hierbas se podía confundir con perejil o hinojo pues la flor es muy parecida y se distingue por las manchas rojas de su tallo. Así de fácil era.

Los policías se miraron y con un gesto cortés se despidieron de Fernanda, alegando les había surgido un tema importante en la oficina.

Al llegar a la Comisaria leyeron con tranquilidad el informe del Forense. Lo decía bien claro:

… encontrada en el estómago un mínimo de diez miligramos de la hierba llamada cicuta, cantidad esta más que suficiente para resultar letal en cualquier organismo humano. Se podría deducir del análisis de distintos tejidos y de los restos hallados, que llevaba tomándola aproximadamente un par de meses…”

—Por eso robó el libro Mauricio sobre plantas venenosas de la bibilioteca pero ¿por qué envenenar a su madre? ¿Cuál era su móvil? ¿Librarse de ella para vivir su historia de amor con Pedro? ¿No hubiera sido más viable acabar con Fernanda? Algo no encajaba, pensaron los policías.

Nuevamente visitaron a Fernanda en la biblioteca quien al verlos los recibió extrañada.

—¿Otra vez por aquí? ¿No encuentran suficientes las pruebas del asesinato de Margarita? Pues está claro que fue envenenada por su hijo —dijo Fernanda.

A lo que uno de los policías le preguntó:

—¿Y Ud como sabe que fue envenenada y no murió por otra causa?

La piel de Fernanda fue palideciendo por momentos sin saber qué decir, ante lo cual uno de los policías le propuso que cerrara la biblioteca y les acompañara pues tenían que hacerle unas preguntas y necesitaban su ayuda. Fernanda, tratando de recomponerse les contestó un “desde luego” nervioso.

Fernanda fue interrogada bajo la luz cegadora que le hacía parpadear con frecuencia, igual que a Mauricio, para terminar confesando su crimen. Fue ella quien escondió el libro sobre plantas venenosas en un intento de inculpar a

Mauricio y fue ella quien poco a poco en las visitas que le hacía a Margarita le mezclaba cicuta en el té que le servía.

—Pedro y Mauricio se lo merecían, mi marido me engañaba ¡y con un hombre!, tenía que vengarme de los dos. Ya sé que elegí el “arma del cobarde”, como Sócrates,pero era la más segura pues casi nunca dejaba rastro —confesó Fernanda.

Al salir Mauricio de la prisión en Soto del Real, Pedro estaba esperándole en la puerta con una rosa roja en la mano…