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LA ÚLTIMA FUNCIÓN DE ADRIANA

LA ÚLTIMA FUNCIÓN DE ADRIANA

Esa mañana me levanté nerviosa. Mi nieta Adriana se graduaba y durante la ceremonia les iban a entregar la orla y el diploma en el paraninfo de la Universidad. Llamadas de teléfono familiares para repasar, por enésima vez,los trajes y vestidos que íbamos a lucir se sucedieron con insistencia. Ese día, mi hija, la madre de la graduada deambulada por la casa ensimismada en ultimar los detalles tratando de tranquilizar a Adriana que una y otra vez repetía los pasos escuchando la misma canción, que la llevarían a aquella tarima, mirándose en el espejo del salón, donde no paraba de entrar y salir la familia. Reinaba el caos en aquella casa, parecía que la niña se casaba, aunque además de ser muy joven para ello, solo se graduaba y le quedaba mucho camino en la vida.
Media hora antes estábamos todos sentados en las primeras filas del patio de butacas. Adriana se la llevaron junto a sus compañeros algunas profesoras pues nos iban a dar una sorpresa y aunque sabíamos que habían estado ensayando no adivinábamos exactamente en qué consistía.
Salió a escena un maestro de ceremonias, el Rector de la, ni más ni menos, ¡qué importantes eran nuestros niños!, —pensamos—. Y a continuación anunció al público que primeramente actuarían como teloneros un grupo de magos que iban a interactuar con el público. Nos pareció como si fuera a actuar un Alejandro Sanz en un estadio de fútbol o algo parecido. A continuación lo harían los chavales y por fin se llevaría a cabo la ceremonia de entrega de diplomas y orlas con la sesión de fotos correspondiente.
Se oyó primeramente a alguna profesora golpear tres veces el suelo con algo contundente, mientras decía: —preparados todos, concentraros en las caritas del suelo y empezamos—. Recuerdo que se oyó un chasquido al tiempo que nos quedamos a oscuras. Pensábamos formaba parte del espectáculo. Todo quedó en silencio, solo se podían oír nuestras agitadas respiraciones.
De repente aparecieron lentejuelas de luz sobre la tarima provenientes de algunas linternas y escuchamos mucho alboroto en lo alto de la tarima con llantos e incluso algunos ladridos, pero ¿qué estaba pasando? ¿Y los niños? ¿Qué pasaba allá arriba? ¿De donde venían los llantos y aquellos ladridos? La confusión se apoderó de todos. Unos, saltaban por encima de las butacas en un intento de llegar antes que nadie a la tarima, sin percatarse en su desesperación que lo hacían a ciegas cayendo sobre la multitud, otros intentaban salir a los pasillos con mucha dificultad. El nerviosismo dio paso a la histeria colectiva, máxime cuando se trataba de nuestros niños. De pronto se oyó a alguien decir: —tranquilos, pronto se restablecerá la luz, ha sido un pequeño contratiempo, todos están bien—, pero ¿qué había pasado?
Los ladridos eran de la perrita pastor alemán de Adriana, Gala, quien estaba al lado de la niña desde que esta nació. Al observar tanto ajetreo en la casa ese día pensaría que sería mejor seguir el rastro y no perder de vista a su dueña por si acaso le pasaba algo. Nadie la vio llegar. Dada su inteligencia buscó una entrada donde pasar desapercibida entrando por la parte de atrás, y una vez dentro el olor de Adriana le enseñó el camino. Gala no contaba —porque era un perro— claro está, que la entrada que había elegido estaba llena de trampas como cables, escaleras, luces, y mucho ir y venir de gente ajetreada, así que pisó un cable con la mala suerte que se le enroscó en una pata, estiró… y saltaron los fusibles.
Después del susto, y de guardar a Gala en lugar seguro, con algunas magulladuras y con el patio de butacas a rebosar y todos más tranquilos, aunque dos horas más tarde de lo anunciado, por fin nos dispusimos a escuchar y ver la función. La luz se apagó y se abrieron las cortinas de aquella tarima bajo una música rockera. A continuación, de un lado y otro, empezaron a salir los compañeros de Adriana y ella misma bailando al compás de aquella canción, El Rock de la cárcel, de Elvis. Las niñas con zapatillas blancas, camiseta ajustada blanca, y faldas de colores con mucho vuelo y con el lazo de la coleta y el pañuelo en el cuello a juego. Adriana lo llevaba en amarillo, otras, en rojo, azul, verde, naranja… Los niños al estilo Travolta con las zapatillas también blancas, pantalones vaqueros y camisetas ajustadas y el pelo engominado peinado hacia atrás. Al salir fueron jaleados por todos los que estábamos allí con mucha emoción. Se trataba de nuestros niños, se estaban haciendo mayores sin darnos cuenta.
Se notaba que la coreografía estaba muy ensayada y la imitación muy conseguida, estaba entre un John Travolta y Elvis Presley los chicos y Olivia Newton John las chicas, bailando al ritmo de aquel rock and roll. Los chicos con sus movimientos de caderas pretendían conquistar a las chicas que terminaron su baile poniéndose a los pies de ellos, implorándoles un beso con sus movimientos seductores. Al final los chicos se acercaban bailando a las chicas dándoles unos sonoros besos.
Al terminar, entre aplausos y vítores todos nos levantamos.
Los chavales se cogieron de la mano y se adelantaron a saludar. A los lados les hacían señales para que se inclinaran en el saludo, pero ellos al ver al público aplaudir, imitaron sus aplausos mientras a intervalos, mandaban besos con sus manos.
Después llegó el momento de la entrega de los diplomas. A través de megafonía llamaron a cada uno de ellos subiendo con cierta dificultad aquellos tres peldaños de madera que les separaban de sus merecidos diplomas entre aplausos y poses para la foto.
Algunos estaban cansados, demasiada emoción, así que se equivocaban y ponían el diploma al revés o ladeado para la foto.
Y al igual que al saludar los niños tenían que inclinarse, y se confundieron al hacerlo, supongo que sería porque nuestros niños se despedían de la guardería para empezar una nueva vida en el cole de mayores…

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