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MEDIO KILO DE NAVIDAD

MEDIO KILO DE NAVIDAD

Desde que era capaz de recordar había estado errante, como un nómada.  Ahora a sus doce años había aprendido mucho y sabía lo que tenía que hacer.

El niño se acercó al mostrador tímidamente. Allí le preguntaron: —¿Qué deseas? ¿Me podría vender medio kilo de Navidad, por favor?, contestó el niño. —El dependiente se quedó perplejo, ¿medio kilo de navidad?, se preguntó extrañado.

—La Navidad no se vende querido niño, le respondió.

¿Por qué no se vende la Navidad? Todo se vende. Yo solo quiero medio kilo. Con eso me conformo. La gente cuando viene al mercado suele comprar más de un kilo de cualquier cosa para comer. Yo solo quiero un poco de Navidad que llevar a mi casa. La Navidad es felicidad, son risas, sueños, brindis, familia, alegría, compañía, amor, ternura. Y ya le digo señor tendero, yo solo quiero medio kilo.

El tendero no sabía qué hacer ni cómo convencer al niño de que no le podía vender lo que él solicitaba. Así que le dijo, —ahora no me queda Navidad, la he vendido toda, pero, —¿por qué no vienes más tarde a ver si me han traído un poco y te guardo medio kilo? El niño muy contento agradeció el gesto y quedó en volver más tarde.

El tendero se puso a pensar y darle vueltas al tema. ¿Qué podría hacer por ese niño?

Preguntó y nadie en el mercado conocía al niño, nadie lo había visto antes. Pensaron que si venía solo al mercado bien podría ser porque sus padres estaban enfermos, o alguno había muerto, o no tenían trabajo.

A alguien se le ocurrió la idea de poner en una caja un poco de legumbres y alimentos de su puesto, los demás fueron haciendo lo mismo. Al final, la caja estaba llena de productos de todos los tenderos del mercado. La llenaron tanto que llegó a pesar más de cincuenta kilos. Allí podíamos encontrar, carnes, pescados, turrones, dulces, champagne, … Todos estaban muy contentos porque iban a regalar muchos kilos de Navidad al niño.

Y el niño volvió. Estaban todos expectantes y contentos porque habían conseguido reunir cincuenta kilos de Navidad.

El niño, volvió a preguntar, —¿le han traído ya el medio kilo de Navidad señor tendero? El tendero con la sonrisa dibujada en el rostro le enseñó la caja que entre todos le habían preparado.

El niño les dio las gracias a todos y les dijo: Yo solo quería medio kilo de Navidad. Con vuestro gesto me habéis dado una Navidad infinita. Todos estos alimentos serán repartidos entre los niños más pobres. Lo que me habéis dado pesa mucho más de lo que yo había pedido. Gracias para la eternidad a todos.

Todos quedaron atónitos. Mientras se alejaba el niño, alguien gritó, ¿cómo te llamas niño? Y él, se giró sonriendo y contestó. Me llamo Jesús y tengo prisa, porque tengo que nacer. Y desapareció.

Era el día de Nochebuena, y al acabar su trabajo, todavía sorprendidos y antes de cerrar el mercado, los tenderos se reunieron en torno a una mesa para celebrar la Navidad, esa Navidad que ya no recordaban, incluso los que estaban enfrentados desde hacía años se animaron. Alzaron sus copas, algunos se abrazaron espontáneamente, cantaron  algún villancico y de sus corazones surgió el amor en forma de kilos de Navidad que tanta falta les hacía. Y el espíritu de la Navidad volvió a aquel mercado olvidado.