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MI PRIMERA EXPERIENCIA… DEPORTIVA

Hoy vuelvo a la oficina después de una semana de baja por enfermedad. Mientras entro el aquel cubículo tan familiar para mí, y pulso el botón de mi planta, la veintidós, voy pensando en cómo empezó todo. Dejo atrás una semana de recuperación que me ha venido muy bien pues casi estoy totalmente recuperada de las agujetas que me provocaron el primer día de gimnasio. No sabía yo que hacer deporte fuera tan complicado.

A mi edad, es decir, cincuenta y cinco años, empecé con muy buena intención a practicar deporte por primera vez —tengo que aclarar que no los aparento; es más cuando me preguntan la edad, respondo que cincuenta, y se sorprenden, diciendo, ¡pues no lo parece!, claro, ¡como lo va a parecer si no los tengo—!

Llegué a la conclusión de que la natación sería un buen comienzo y empiezo la preparación. Toalla, bañador deportivo, incluso me compré un gorro y la bolsa de deporte. Aquel día salí de la oficina apresuradamente y al pasar por una tienda de deportes que me venía de camino. Se me han olvidado las chanclas, ¡horror!, bueno, me las compraré también que son baratas, —pensé—. Me ofrecieron varios modelos monísimos, llamadas hawaianas, cuando le pregunté a la dependienta, mira que esto es muy caro que yo solo las quiero para la piscina, y me contesta, pero es que son unas hawaianas y yo me quedo con cara de poker, y eso ¿qué es? Debe ser la moda y claro no me he enterado. Yo solo quería unas chanclas para la piscina, que si se me olvidan o pierden no me costara un disgusto y que si perdía mis hawaianas no se me partiera el corazón, que pensando en corazones prefiero que me lo partan por otra parte… Y que además que no tuviera que ir al banco a pedir un préstamo. ¿Qué desea señora?, —me preguntarían— pues un préstamo, —respondería—, ¿con qué objetivo?, —volverían a preguntar, ya se sabe cómo las gastan los bancos—, pues comprar unas hawaianas, que no un hawaiano, que eso seria otro cantar, ya me gustaría a mi poder comprar uno aunque fuere de saldo. Ante la mirada del bancario opté por salir de allí apresuradamente.

Elegí unas, las únicas que podía elegir, porque esa es otra, de mi número el treinta y seis no les quedaban. En fin qué se le va a hacer. Y le pido también me enseñe un gorro. Lo elegí negro, otro gasto más, pero espero que me dure mucho, Y ya solo me faltaba la bolsa de deportes. Por cierto carísimas, claro son Nike, Adidas, etc. Y pensándolo mejor me llevé una bolsa del Corte Inglés, porque la verdad es más práctica, no tiene cremallera y va todo junto. Ya me compraré la bolsa más adelante si consigo sobrevivir a tanto ajetreo deportivo.

Por fin logré llegar al gimnasio con mi bolsa del Corte Inglés, que nadie podría adivinar si venía de comprar un modelito o si llevaba escondida una toalla con gorro y unas chanclas de hawaiana. Y empecé mi periplo. Primero había que desnudarse para ponerse el bañador y el gorro, estando convencida de que así no se me mojaría mi pelo de peluquería, que yo me cuido mucho el pelo, pero claro era mi primer gorro y sin experiencia… Divisé a lo lejos unas duchas, y como había oído decir que hay que ducharse antes de entrar en la piscina, pues allí me dirigí, y me duché con jabón todo el cuerpo por encima del bañador claro. Me seco con la toalla dejando la toalla en mi taquilla. Es decir, me me fui a la piscina mojada, muerta de frío, sin toalla y con la llave de la taquilla alrededor de la muñeca porque no sé qué tenía que hacer con ella. Luego me di cuenta, primero de que la ducha con que me he pegado es la de después de la piscina, con jabón y todo eso. Que la gente se ducha en la propia piscina que para eso hay duchas allí, que además también debería llevar mi toalla, más que nada para secarme y no enfriarme en el camino de vuelta al vestuario. La verdad creo que hice una proeza. Me duché en la ducha equivocada en el sitio equivocado, y sin toalla…

Al día siguiente aun cuando aquellas agujetas no me dejaban vivir, volví al gimnasio. No sabía que ponerse en forma costara tanto dolor y encima los cristales de las agujetas parece me estaban provocando una hemorragia interna y llamé al 112 porque me estaba muriendo por dentro. Vienen enseguida, —¡quién les manda a ellos venir tan rápido—¡ y les explico mis dolencias. Tomaron al pie de la letra aquello de la hemorragia interna, ¡como si yo fuera médico!, y encima se enfadaron conmigo, —y no sé por qué, porque a mi las agujetas me estaban matando, y claro pedí socorro al SAMU—.

En fin que el deporte no es bueno, esa es mi conclusión. Que una va a relajarse a la piscina y no puede perder de vista las chanclas, y encima me mojé el pelo con un gorro de nueve euros. O sea me ha costado el primer día veinte más nueve euros, más no se cuanto más, ¡no quiero saberlo ya!

Y terminé en una ambulancia del SAMU con unos médicos cabreados —todavía no me lo explico—. Porque vamos a ver, pienso que los cristales cortan, pueden cortar incluso las venas, si son internos, entonces es elemental  y lógico pensar que me estaba  provocando una hemorragia interna, y de eso la gente se muere ¿o no?

Si es que no sabe una lo que hace cuando se mete  a hacer deporte, por eso no lo había hecho antes. Por algo era.

Y me fijo al salir en la publicidad que impregna las vitrinas, las mesas, todo es un anuncio: “Departamento de la Espalda” planta 1ª. Fisioterapeuta. Planta 2ª. Zona Spa, planta 3ª. Entonces lo comprendí todo: saben que se van a pegar alguna que otra leche y allí están ellos en las plantas superiores esperándote. Si es que está todo estudiado.

Y una vuelve a caer en la cuenta: los traumatólogos ¿de qué viven? Pues entre otros malestares, de las leches que se dan los demás haciendo deporte. ¿Es cierto o no es cierto?

En fin, haciendo cuentas, mi primer día de gimnasio me costó treinta euros, una semana de baja y una denuncia del SAMU que sigo sin entender.

El chirriar de unas puertas que se abren, me devuelven a la realidad. Es el ascensor a su llegada a la planta veintidós, mi segundo cubículo, mi oficina. Y mientras cruzo la puerta oigo a lo lejos unas voces que me nombran: ¡Macarena! Qué alegría, estábamos muy preocupados por ti, nos ha venido a visitar hasta un Inspector de Policía preguntando por ti. ¿Qué te ha pasado?

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