1000 HISTORIAS DE MIEL

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1000 HISTORIAS DE MIEL”

La tetería de la colmena, “1000 historias de miel” era testigo del té diario que tomaban Manuela y Dolores mientras recordaban su vida de vuelos, néctares y miel. Aquejadas de artrosis en sus patas traseras y jubiladas de su actividad laboral, eran otras obreras quienes llenaban las celdas de aquella colmena con el néctar de las flores que recolectaban a diario como antaño Manuela y Dolores hicieron y que tanto echaban de menos. Ahora se dedicaban a recordar, y a bordar los pijamas de rayas que todas las abejas vestían mientras tomaban su té diario con miel, salpicado con unas gotas de anís.

Tony, el abejorro, era el camarero de la tetería que se encargaba de atender las mesas, mientras su hermano Paco, operado de la cadera, se quedaba en la barra rellenando los recipientes con el té con miel y algún que otro licor.

Pocas abejas paraban en la barra, casi todas ellas mayores no podían permanecer volando mucho rato y preferían sentarse poniendo a descansar sus muletas a un lado. Las jóvenes obreras no tenían tiempo que perder y se pasaban el día revoloteando aquí y allá.

—¿Recuerdas Manuela aquella energía que nos mantenía volando todo el día mientras cantábamos dibujando piruetas en el aire?

—Desde luego Dolores, ¡cómo no acordarse de nuestra juventud y del atractivo que irradiábamos frente a los abejorros! Esos bichos negros que nos perseguían, pero sabíamos darles esquinazo escondiéndonos en cualquier flor.

—Cuantos recuerdos Manuela, hasta que llegó el día de las condecoraciones…

Y Dolores quedó pensativa y con voz pausada recordó aquella época mientras degustaba su té de miel con anís.

Recordó que hubo una época en la que no entendían por qué tantas abejas estaban tristes, apenas tenían fuerza para salir a recolectar el néctar de las flores y las pocas compañeras que todavía volaban lo hacían tristes, cansadas y con el aguijón caído. Manuela y Dolores también cayeron enfermas. Nadie comprendía qué estaba pasando. Muchas llegaron a estar de baja laboral por depresión, estrés y lesiones múltiples provocados por innumerables caídas, y éstas se multiplicaban en todas las plantas de la Colmena sin entender a qué podía deberse.

Y aquella reunión de urgencia que tuvimos que convocar a escondidas de la reina, con nuestras compañeras más cercanas. No recuerdo quien la convocó, ¿fuiste tú Manuela, o fui yo?

Dolores, fuiste tú, no te preocupes por no recordarlo. También me pasa a mí que se me olvidan algunos recuerdos. Ten en cuenta que hemos vivido mucho y tenemos tantos almacenados en nuestro cerebro que algunos se alejan y nos parece que se pierden, pero solo se ausentan. Tranquila, Dolores, nos queda tanto por recordar…

Tienes razón Manuela, a veces pienso que soy tan mayor que ni puedo recordar mi juventud con claridad, pero somos afortunadas porque disfrutamos de las huellas que nos ha dejado la vida.

Dolores, y nos tenemos la una a la otra, tranquila. Y juntaron sus alas en un abrazo emocionado.

En aquella reunión de antaño trataron de estudiar qué les estaba ocurriendo. Atrás quedaba aquella alegría que derramaban cuando recolectaban unidas el polen de las flores. En una primera impresión pensaron que podían haber sido algunos agentes externos humanos quienes les estaban envenenando, pero pronto olvidaron la idea. A los humanos solo les interesaba robarles su miel.

¿Recuerdas Manuela?

Manuela asintió y Dolores siguió desgranando sus lejanos recuerdos.

Menos mal que dimos parte al Sindicato Manuela.

Las flores se caían del peso de su elixir y en La Colmena ya no había cantos, ni dibujos en el aire, ni risas y se les podía ver revoloteando sin fuerzas mirando de reojo a las demás y mostrándose muchas de ellas desconfiadas, cansadas y hurañas.

El Sindicato nombró una comisión que la formaron un representante del Comité de Empresa y otra persona del Sindicato Triple A: “Comisiones Obreras de Abejas, Avispas y Abejorros” (CC.OO.AAA), así como un perito nombrado por la Consejería de Abejas.

Y así el Sindicato fue descubriendo…

Primero que la coordinadora era una avispa morena recién llegada de los países del sur y que nada tenía que ver con las abejas, no sabía recolectar y a quien ni siquiera le gustaba la miel. Así que no se sabía lo que coordinaba.

El encargado de mantenimiento era un abejorro que surcaba el aire de La Colmena, con el destornillador siempre en la boca, revoloteando sin parar espiando a las abejas trabajadoras para irle con algún chisme a la reina, que él mismo se encargaba de alterar. La diferencia entre el abejorro carpintero y el zángano era que aquel no compartía lecho con la reina, por eso intentaba ligar con las obreras, sin mucho éxito.

A través de la Mutua de Prevención de La Colmena, les hicieron a todos un exhaustivo examen médico en un intento por esclarecer qué les estaba pasando. Las abejas forenses, emitieron su Informe.

El descubrimiento fue espeluznante. Resultó que, a través de las antenas del abejorro, éste transmitía a las abejas ondas magnéticas impregnadas de un producto tóxico que solo afectaba a las abejas obreras. El resultado era el bajo rendimiento, la enfermedad y algunas veces la baja definitiva. Todo ello por orden de la reina de la que también se descubrió su pasado puesto que había sido despedida de otra Colmena del sur, por bullying laboral y condenada a trabajos forzados durante un año en la Colmena de la Isla de las Abejas Perdidas. Cumplida su condena se reincorporó a la vida laboral en una nueva Colmena del norte, la de Manuela y Dolores. Su único objetivo era traer del sur a miles de avispas enchufadas y amigas de la coordinadora que habían prometido pagarle trayéndole muchos zánganos robustos y morenos de las tierras del sur. Resultó ser una reina corrupta.

Denunciada, la reina fue detenida y encarcelada en la Cárcel de Abejas de la Comunidad por intento de asesinatos. La coordinadora y el abejorro, junto con su destornillador, condenados al exilio en la Colmena Reformatorio de Abejas, por cómplices de la reina.

Al final Manuela, como siempre, los que perdieron fueron los pobres y aquellas avispas del sur nunca pudieron venir a la Colmena del Norte

Dolores, y gracias a nuestro tesón se pudieron descubrir a los culpables y el gobierno colmenero decidió condecorarnos con la Medalla al Mérito del trabajo. ¿Todavía conservas la medalla Dolores?

¿Qué medalla Manuela? No sé de qué hablas.

¡Dolores, Dolores! ¿Pero qué te pasa? ¡La raya del pijama te está saliendo torcida, tienes que deshacerlo y volverlo a coser!

Ya no importa Manuela, solo es un pijama. Vamos a dar una vuelta.

Dolores y Manuela dejaron en un lado su costura, terminaron su té de miel con anís y junto con sus muletas de abejas sin vuelo, se perdieron en aquella Colmena invadida por aquellos borrosos recuerdos…

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